De comprar un cachorro de raza a pagar un rescate por una encantadora mestiza

La Navidad es tiempo de regalos y, sobre todo es tiempo de tratar de hacer felices a los que más queremos, muchas veces niños y jóvenes que llevan tiempo deseando tener un perro. Así que, una familia más que se decide, pensándolo más bien poco -la compra por impulso se extiende al mundo animal con demasiada frecuencia-, a introducir un miembro más en la familia. Con ilusión y no demasiada información se acercan hasta un punto de venta en Illescas (Toledo), el único que proporciona en una primera búsqueda en Internet cachorros para esas fechas y de casi todas las razas.

Y es allí donde les ofrecen una preciosa cachorrita de dos meses de edad de la raza Border Collie. El flechazo es inmediato, y después de los primeros juegos en la propia tienda se crea ese vínculo inexplicable que llena de ilusión y hace querer llevársela cuanto antes a casa y compartir el resto de la vida con ella. Pero no hay que precipitarse; hay que esperar a que Kika (ya tiene nombre) esté vacunada y desparasitada, tres semanas que se hacen algo largas, pero parecen tan serios y profesionales… la salud y el bienestar del animal por encima de todo.

Llega el ansiado momento, toda la familia va a recoger al nuevo miembro, los niños los primeros, la espera ha sido especialmente larga para ellos. Y cuál es la sorpresa de todos cuando la misma persona que les atendió en la primera vista les explica ahora con cara compungida, ya sin la afable sonrisa en la cara, que el maravilloso ejemplar de Border Collie, de linaje incuestionable, que Kika en definitiva, es mestiza.

La única pregunta que acierta a hacer la familia, que no duda ni un momento en que la raza es lo de menos, y que quieren a Kika con ellos, con pedigrí o sin él, es si el precio es ahora el mismo: 980 euros. Tras negociar hasta la extenuación y un ridículo descuento de 200 euros, la familia sale de la tienda deseando olvidar cuanto antes su nombre y las personas que lo atienden y que no parecen tener demasiados escrúpulos. ¿Una foto en nuestro fotocall para la web?, les preguntan antes de abandonar el local, increíble desfachatez…


Consecuencias que no pocas veces acaban en abandono

Pero la historia de Kika no ha hecho más que empezar. Los problemas de comportamiento no tardan en hacer acto de presencia. Ansiedad y estrés principalmente, sufridos ya en el vientre de su madre, sometida a gestaciones y partos sin descanso, como si de una máquina de hacer billetes se tratara; que se prolongan con un destete y una separación precoz, con un viaje interminable hacinada junto a otros cachorros en camiones que los transportan desde países de Este, hasta la Europa supuestamente más desarrollada. Aquella Europa en la que se nos llena la boca con el amor por las mascotas, con sus cuidados y su bienestar, en la que incluso se las humaniza y en la que miles de asociaciones defienden incansablemente sus derechos.

Pero el estrés sigue forjando el carácter de la pequeña cachorra. A su llegada a Toledo, una fría nave y unos corrales donde un hombre de formas rudas -desconocemos hasta qué punto-, les echa de comer. La pelea por “pillar” algo que llevarse a la boca explicará muchas cosas respecto a su comportamiento posterior y su relación con la comida; una mala relación que ha ido superando poco a poco, cuando ha entendido que ya no tiene que luchar, que su buena ración de comida le espera todos los días (y hasta unos suculentos huesos que roer), invariablemente en el mismo sitio, a la misma hora y ¡para ella sola!.

Ahora, Gracias a Mónica de Magic Pets, y después de alguna crisis que otra, Kika evoluciona adecuadamente, con mucha paciencia por parte de todos, con mucho cariño y comprensión, tratando de entender por qué hace las cosas para ayudarle a superarse y ser una buena perra, feliz y adaptada.

Nos preguntamos que hubiera sido de Kika si esta familia no hubiera aceptado el chantaje y pagado por ella lo que cada vez tenemos más claro que fue un rescate en toda regla… No hace falta ser muy sagaces para adivinar cuál hubiera sido su fin.

Aunque la adopción debería ser la primera opción, querer tener un perro de determinada raza no es nada malo, no hay que avergonzarse por ello. Solamente hay que tener mucho cuidado donde se adquiere el cachorro: optar siempre por orígenes conocidos, por criadores que permitan que los cachorros estén con las madres el tiempo necesario, que dejen visitar sus instalaciones y ver como se crían los animales, es fundamental. Lo contrario puede resultar en experiencias traumáticas para todos y tener como fin el indeseado abandono.

Ojalá estos negocios que proliferan aprovechando la demanda cada vez mayor de animales de compañía sin entender que lo primero es su cuidado y bienestar, que se limitan a usarlos como moneda de cambio jugando con los sentimientos de tantas familias, acaben por extinguirse y ojalá que lo hagan pronto.

Deja un comentario